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Jun'ichirö Tanizaki
por Crypt Vihâra

 
Jun'ichirö Tanizaki (1886-1965), novelista, autor dramático y ensayista, nació en Tôkyô, Japón el 24 de julio de 1886; fue un muchacho brillante que tanto en la escuela secundaria como en la preparatoria se distinguió por sus altas calificaciones. Fue admitido en la Universidad Imperial de Tôkyô en 1908 como estudiante, simultaneando sus estudios con los inicios de su actividad literaria y con una vida desordenada y bohemia, en la que al refinamiento de la juventud dorada de Tôkyô se mezclaban los influjos de sus lecturas: Edgar Allan Poe (1809-1849), Charles-Pierre Baudelaire (1821-1867), Oscar Wilde (1854-1900). Abandonó sus estudios es 1909, pero pronto obtendría la fama con la obra "Shisei (El tatuador)" publicada en 1910. Insatisfecho de las tendencias literarias de su época, representadas por el naturalismo, buscó la hermosura del arte auténtico. Retrató audaz y magníficamente el mundo de los sentidos al describir en una forma perfecta aunque metafórica el deseo carnal, naciendo así lo que se denominó la "aromática y fuertemente excitante literatura de Jun'ichirö Tanizaki " a menudo criticada como anormal y próxima al sadismo y al masoquismo.
Kohei Akagi comentaba la obra de Jun'ichirö Tanizaki en estos terminos: "tal adoración de Jun'ichirö Tanizaki por el bello sexo, sin los principios de la fe cristiana, y sobre todo en su más decadente forma que no va unida a la consciente angustia mental de Baudelaire, entraña el peligro de caer en una literatura vulgar y pornográfica como la escrita por Kawatake Mokuami (1816-1893) en los últimos años del periodo Tokugawa".
Tras el terremoto del año 1923 en Kanto, se trasladó a la región de Kansai (Kyoto-Osaka) para vivir en Kyoto, y este cambio de ambiente trajo consigo una profunda transformación de su obra, siendo, además, escenario de su gran novela "Sasame yuki (Las hermanas Makioka / 1923)", también llamada en castellano "La nieve tenue". Su trabajo empezó a tener una serena y refinada elegancia, permitiéndole pintar la naturaleza humana con una visión mucho más amplia que antes. Esta verdadera transformación literaria fue impulsada y facilitada por siete años de ardua labor que paso reescribiendo en japonés moderno el "Genji monogatari" de Murasaki Shikibu, llegando así a la perfección de su estilo neoromántico.
"Sasame yuki (Las hermanas Makioka / 1923)" es fruto de una redacción lenta y meditada, a lo largo de muchos años. Jun'ichirö Tanizaki la empezó durante la Segunda Guerra Mundial (y las partes iniciales fueron entonces prohibidas por la censura), en un estado anímico hecho de desesperación y de nostalgia por los pasados tiempos de postrera felicidad antes de la catástrofe. Para consolarse a sí mismo atravesó imaginativamente el gran golfo de la guerra y recreó el hermoso mundo de las hermanas Makioka. Pero lo hizo sin ningún sentimentalismo; él mismo ha declarado: "Probé a limitarme a los temas atractivos, pero no pude apartarme por completo de la tempestad circundante. Es el destino fatal de una novela nacida entre guerra y paz". A través de la vida de cuatro hermanas de edades diferentes y que encarnan estadios distintos en la evolución del Japón moderno, Jun'ichirö Tanizaki ha dado la más impresionante pintura de las repercusiones de la historia sobre la vida de una familia en cualquier país moderno, oriental u occidental. Jun'ichirö Tanizaki siente el contraste entre el mundo en que hasta entonces ha vivido y la vieja y a sus ojos ruda tradición nacional según se mantiene en Osaka; de esta tensión surge el hondo dramatismo que informa su producción entre los últimos años veinte y la terminación de la Segunda Guerra Mundial, convirtiéndole en el más destacado exponente de las inquietudes culturales y políticas, éticas y estéticas, de los mejores hombres de su generación.
Si hay alguien en la literatura japonesa que ha conseguido difuminar la distancia que separa al autor del narrador, este es Jun'ichirö Tanizaki (1886-1965). En dos de sus obras, que se desarrollan por medio del recurso del diario de vida secreto, "Kagi (La llave / 1956)" y "Futten rojin nikki (Diario de un anciano loco / 1962)", nos enfrentamos a la personalidad de Jun'ichirö Tanizaki, a la degradación que sobreviene con la edad y a las obsesiones sexuales que le acompañaron durante toda su existencia. Ambos trabajos son los supuestos diarios de vida de dos hombres en su senectud: en "Kagi (La llave / 1965)", el diario de un profesor y otro de su esposa; en "Futten rojin nikki (Diario de un anciano loco / 1962)", el de un hombre económicamente acomodado. Estos diarios de viejos lascivos nos van sumergiendo en un problema humano que a veces pasa desapercibido: la libido no disminuye con los años; la respuesta física, indudablemente, sí. Ambos ancianos se degradan por satisfacer, de alguna manera, sus impulsos y conseguir la salvación a través del conocimiento de este conflicto entre mente y cuerpo que, con el pasar de los años, adquiere una importancia trascendental.

Las piernas de mujer, si están bien cuidadas, son un arma mortal. La masculinidad entera ha sido rehén de un par de ellas. Espigadas o regordetas, depiladas o no, según los gustos culturales o el favoritismo individual, las piernas son homicidas. "Kagi (La llave / 1965)", se puede leer casi como una apología de las piernas japonesas a la antigua: un poco curvas, formando un arco hacia dentro y bastante gordas. El personaje, un obseso profesor de mediana edad que fotografía compulsivamente, con una polaroid, a su mujer sedada y desnuda de todas las maneras posibles, descubre en estas extrañas sesiones que ella es casi la última generación de piernas típicamente japonesas: "más que espigadas, como las piernas que parecen de extranjeras [
]", nos confiesa el protagonista en su oscuro diario íntimo, "[
] siempre me han gustado aquellas un poco arqueadas de la mujer japonesa chapada a la antigua, tales como las de mi madre o de mi tía". En "Kagi (La llave / 1965)", el protagonista satisface su apetito sexual fotografiando a su mujer desnuda tras narcotizarla periodicamente, y concertarle un romance con el novio de su hija.
En "Futten rojin nikki (Diario de un anciano loco / 1962)", el autor del diario sublima sus deseos observando, de manera voyeurista, los pies desnudos de su nuera y besándola en la espalda, al salir de su ducha diaria.
"Tade kû Mushi (Hay quien prefiere las ortigas / 1929)", es a la vez el reflejo de un conflicto cultural, y una especie de confesión autobiográfica, ya que la situación que describe (el naufragio de un matrimonio entre dos personas que han dejado de interesarse físicamente, pero que se respetan y estiman demasiado para decidirse a romper y vivir cada una su vida) parece ser trasunto de un episodio de la vida del autor, quien en 1930 se divorció amistosamente, tras largas vacilaciones, de su primera esposa. Pero el distanciamiento entre Kaname y Misako, el marido y mujer protagonistas de la novela, no constituye todo el asunto de esta, sino por así decirlo uno de sus dos polos; el otro es el contraste entre la mentalidad de la joven generación, fuertemente occidentalizada, y la que se encarna en el padre de Misako, el afectadamente anciano caballero apegado a las costumbres tradicionales, al teatro de marionetas, a las viejas porcelanas y a la antigua manera de resolver, conviviendo con una joven y sumisa concubina, los problemas sexuales que pudieran perturbar su actitud contemplativa.
La temática de estas obras lo es también de la vida de Jun'ichirö Tanizaki. Su primera mujer, mantuvo relaciones con el escritor Satô Haruo (1892-1964) lo que parece ser cambió completamente la vida de Jun'ichirö Tanizaki y, consecuentemente el devenir de su obra literaria. En sus dos matrimonios, Jun'ichirö Tanizaki fue parte de triángulos amorosos que él mismo llegó a considerar como la llave de la felicidad. En otras palabras, para Jun'ichirö Tanizaki, la vida plena es la lucha entre dos hombres por una mujer, no importa cuán humillante pueda resultar. La sexualidad humana no se reduce a la genitalidad. El sexo es un lenguaje de profundo sentido humano, con sus códigos y signos propios; es comunicación y forma suprema de expresión en Jun'ichirö Tanizaki. A lo largo de la lectura de las obras de Jun'ichirö Tanizaki, es casi imposible apartar o relegar al autor, que como un fantasma toma el cuerpo y lugar del narrador o personaje.
El mundo tradicional que se describe en "Inei raisan (Elogio de la sombra / 1933)" es fundamentalmente el de Osaka, una ciudad en la que la clase comerciante había conseguido crear una cultura sólida, sustancial, que podía resistir las avanzadas de la occidentalización. Es la muestra más compleja y poética de los gustos estéticos de Jun'ichirö Tanizaki. Es una defensa de las costumbres tradicionales japonesas hasta llegar al rechazo casi total de occidente. Su gusto por las sombras, la impresión, los rodeos, se revela en su estilo literario considerado por algunos de sus contemporáneos como inadecuado para el mundo novelístico moderno. Casi todos los cuentos de Jun'ichirö Tanizaki, y también muchas de sus obras que no son de ficción describen una cobarde rendición del hombre frente a la hembra, de su deseo de humillarse ante ella, la fascinación obsesiva de Jun'ichirö Tanizaki no se reduce a la pintura de deseos masoquistas. Jun'ichirö Tanizaki expresa plenamente su fascinación por la piel blanca, no la efectiva blancura de la mujer europea, sino el misterioso blanco de las bellezas japonesas. La función del varón es adorar a esta criatura celestial, o, en el mejor de los casos, servir como consorte de una abeja reina, destinado al olvido una vez que la ha fertilizado. Para los personajes masculinos de Jun'ichirö Tanizaki no es suficiente arrastrarse ante una mujer hermosa, besar sus pies y aun apetecer su excremento; deben sentir que ella es cruel. La obra de Jun'ichirö Tanizaki describe la desilusión de este con occidente, su descubrimiento de los placeres de la cultura tradicional japonesa, su aceptación del Japón moderno y finalmente su indiferencia a las distinciones entre oriente y occidente a medida que monopoliza su atención los poderosos deseos sexuales, que parecen sustentar, en último término, el sentido final de la vida humana.
Aunque de una menor relevancia, cabe destacar otras dos de sus obras: "Yoshino Kuzu" (Enredadera de Yoshino / 1931) y "Bushu ko hiwa (La vida enmascarada del señor de Musashi / 1935)".
"Yoshino Kuzu" (Enredadera de Yoshino / 1931) es una excelente muestra del género narrativo japonés y el fruto de una serie de experimentos estilísticos llevados a cabo por Jun'ichirö Tanizaki a principios de la década de los años treinta, con el fin de "encontrar la forma que comunicara una mayor impresión de realidad". Un joven japonés llamado Tsumura emprende, en compañía del autor un viaje por la histórica región de Yoshino, en busca de sus raíces humanas.
"Bushu ko hiwa (La vida enmascarada del señor de Musashi / 1935)" es una obra de ficción histórica en la que Jun'ichirö Tanizaki se propone por un parte crear un relato que supere el estilo moralizante de las narraciones históricas en boga, inspiradas en la ortodoxia confuciana, y profundizar por otra en la psicología de la mujer japonesa de la época feudal, aspecto este muy descuidado en las crónicas al uso. El resultado es una obra que nos enseña a leer entre líneas las historias oficiales.
Entre sus muchas obras figuran: "Shisei (El tatuador / 1910)", "Chiisana okoku" (1918), "Fumiko no ashi (Los pies de Fumiko / 1919)", "Chijin No Ai" (1924), "Neko to Shozo to futari no onna" (1936), "Shoso Shigemoto no haha (La madre del capitán Shigemoto / 1949)". Como autor dramático no fue muy fecundo, sin embargo "Aisureba Koso", "Okuni y Gohei", así como algunos otros trabajos escritos entre 1921 y 1924, se contaron entre las primeras obras teatrales de tipo psicológico de la literatura japonesa, señalando el camino para el desarrollo de dicha modalidad literaria.
En 1937 fue designado miembro de la Academia Japonesa de Arte. Recibió en 1947 el Premio Mainichi de Cultura Editorial, y en 1949 fue galardonado con el Premio de la Cultura Asahi y la Medalla del Mérito Cultural.

Texto completo de "Shisei (El tatuador / 1910)":
Era aquella una época en la que los hombres rendían culto a la noble virtud de la frivolidad, en la que la vida no era la áspera lucha que es hoy. Eran tiempos de ocio, tiempos en que los ingeniosos profesionales podían ganarse la vida sobradamente si conservaban radiante el buen humor de los caballeros ricos o bien nacidos y si cuidaban de que la risa de las damas de la Corte y de las gheisas no se extinguiese nunca. En las novelas románticas, ilustradas, de la época, en el teatro Kabuki, donde los rudo héroes masculinos como Sadakuro y Jiraiya eran transformados en mujeres, en todas partes, la hermosura y la fuerza eran una sola cosa. Las gentes hacían cuanto podían por embellecerse y algunos llegaban a inyectarse pigmentos en su preciosa piel. En el cuerpo de los hombres bailaban alegres dibujos de líneas y colores.
Los visitantes de los barrios de placer de Edo preferían alquilar portadores de palanquín que estuviesen tatuados espléndidamente. Entre los que se adornaban de este modo no sólo se contaban jugadores, bomberos y gente semejante sino miembros de la clase mercantil y hasta samurais. De vez en cuando se celebraban exposiciones y los participantes se desnudaban para mostrar sus afiligranados cuerpos, se los palmoteaban orgullosamente, presumían de la novedad de sus dibujos y criticaban los méritos de los ajenos.
Hubo un joven tatuador excepcionalmente hábil llamado Seikichi. En todas partes se le elogiaba como a un maestro de la talla de Caribun o Yatsuhei y docenas de hombre le habían ofrecido su piel como seda para sus pinceles. Gran parte de las obras que se admiraban en las exposiciones de tatuajes eran suyas. Había quienes podían destacarse más en el sombreado o en el uso de cinabrio, pero Seikichi era famoso por el vigor sin igual y el encanto sensual de su arte.
Seikichi se había ganado anteriormente el pan como pinto ukiyoke de las escuela de Tokoyuni y Kunisada y, a pesar de haber descendido a la condición de tatuador, su pasado era visible en su consciencia artística y su sensibilidad. Nadie cuya piel o cuyo aspecto físico no fuese de su agrado lograba comprar sus servicios. Los clientes que aceptaban tenían que dejar coste y diseño enteramente a su discreción y habían de sufrir durante un mes o incluso dos, el dolor atroz de sus agujas.
En lo profundo de su corazón, el joven tatuador ocultaba un placer y un secreto deseo. Su placer residía en la agonía que sentían los hombres al irles introduciendo las agujas, torturando sus carnes hinchadas, rojas de sangre: y cuanto más alto se quejaban más agudo era el extraño deleite de Seikichi. El sombreado y el abermejado, que se dice que son particularmente dolorosos, eran las técnicas con las que más disfrutaba.
Cuando un hombre había sido punzado quinientas o seiscientas veces, en el transcurso de un tratamiento diario normal, y había sido sumergido en un baño caliente para hacer brotar los colores, se desplomaba medio muerto a los pies de Seikichi. Pero Seikichi bajaba su mirada hacia él, fríamente. "Parece que duele", observaba con aire satisfecho.
Siempre que un individuo flojo aullaba de dolor o apretaba los dientes o torcía la boca como si estuviese muriéndose, Seikichi le decía: "No sea usted niño. Conténgase usted: ¡no ha hecho más que empezar a sentir mis agujas!" Y continuaba tatuándole, tan imperturbable como siempre, mirando de vez en cuando, de reojo, el rostro bañado en lágrimas del cliente.
Pero a veces, una persona de excepcional fortaleza encajaba las mandíbulas y aguantaba estoicamente sin permitirse ni un gesto. Entonces, Seikichi se sonreía y decía: "¡Ah, es usted hombre porfiado! Pero espérese. Pronto le empezará a temblar el cuerpo de dolor. Dudo que sea capaz de soportarlo
"
Durante mucho tiempo, Seikichi acarició el deseo de crear una obra maestra en la piel de una mujer hermosa. Semejante mujer habría de reunir tantas perfecciones de carácter como físicas. Un rostro encantador y un hermoso cuerpo no le habrían satisfecho. Aunque inspeccionaba cuantas bellezas reinaban en los alegres barrios de Edo, no encontró ninguna que satisficiese sus exigentes pretensiones. Transcurrieron varios años sin encontrarla y el rostro y la figura de la mujer perfecta continuaban obsesionándole. Pero no quiso perder la esperanza.
Una tarde de verano, durante el cuarto año de búsqueda, sucedió que Seikichi, al pasar por el restaurante Hirasei, en el distrito Fukagawa de Edo, no lejos de su casa, vio un pie desnudo de mujer, blanco como la leche, asomando por entre las cortinas de un palanquín que estaba partiendo. Para su experta mirada, un pie humano era tan expresivo como un rostro. Aquél era el colmo de la perfección. Dedos exquisitamente cincelados, uñas como las iridiscentes conchas del acantilado de Enoshima, bañada en las límpidas aguas de un manantial de montaña: se trataba, en fin, de un pie digno de ser nutrido por la sangre de los hombres, de un pie hecho para pisotear sus cuerpos. Seguramente, aquél era el pie de la única mujer que durante tanto tiempo, se le había ocultado. Ansioso por vislumbrar su cara, Seikichi empezó a seguir al palanquín. Pero, tras perseguirlo por callejuelas y avenidas, lo perdió por completo de vista.
El deseo de Seikichi, durante tanto tiempo contenido, se convirtió en amor apasionado. Una mañana, ya muy entrada la primavera siguiente, se encontraba en el balcón, adornado por los bambúes floridos, de su casa de Fukagawa contemplando una maceta de lirios omoto, cuando oyó a alguien junto a la puerta de su jardín. Por la esquina del seto interior apareció una muchacha. Le llevaba un recado de una amiga suya, gheisa del cercano barrio de Tatsumi.
- Mi ama me ha dicho que le entregue esta capa y dice que si tendría la amabilidad de decorar el forro - dijo la muchacha. Desató un paquete de ropa color azafrán y saco una capa de seda, de mujer (envuelta en un pliego de papel grueso en el que estaba impreso un retrato del actor Tojako), y una carta.
La carta repetía su amistosa petición y continuaba diciendo que su portadora empezaría pronto la carrera de gheisa bajo su protección. Esperaba que, sin echar en olvido los viejos vínculos, extendiese su protección a esta muchacha.
- Creo que es la primera vez que e veo - dijo Seikichi escrutándola con insistencia. Parecía no tener más de quince o dieciséis años, pero su rostro mostraba una belleza extrañamente madura, un aspecto de experiencia, como si ya hubiese pasado varios años en el alegre barrio y hubiese fascinado a incontables hombres. Su belleza reflejaba los sueños de generaciones de hombres y mujeres seductores que habían vivido y muerto en la vasta capital donde estaban concentrados los pecados y las riquezas de todo el país.
Seikichi le ofreció asiento en el balcón y estudió sus delicados pies, desnudos salvo unas elegantes sandalias de paja.
- Tu saliste del palanquín del Hirasei una noche de julio pasado, ¿no es cierto? - le preguntó.
- Supongo que sí - contestó ella, sonriendo ante la extraña pregunta -. Mi padre vivía todavía y me llevaba con frecuencia allí.
- Te he estado esperando durante cinco años. Es la primera vez que te veo la cara, pero recuerdo tu pie
Acércate un momento, tengo que enseñarte una cosa.
Ella se había puesto en pie para irse, pero la cogió de la mano y la condujo arriba, al estudio que daba a la orilla del río. Entonces sacó dos kakemonos y desenrolló uno ante ella.
Era una pintura de una princesa china, la favorita del cruel Emperador Chu de la dinastia Shang. Estaba apoyada en una balaustrada, en postura lánguida, la larga falda de su vestido de brocado floreado caía hasta la mitad de un tramo de escalones, su esbelto cuerpo soportaba con dificultad el peso de una corona de oro tachonado de coral y lapislázuli. Llevaba en la mano derecha una ancha copa de vino que inclinaba hacia los labios mientras contemplaba a un hombre que era conducido a la tortura en el jardín de abajo. Tenía las manos y los pies encadenados a un pilar hueco de cobre en cuyo interior iban a echar un fuego. La princesa y su víctima, la cabeza inclinada ante ella, los ojos cerrados, dispuestos a aceptar su destino, estaban representados con terrorífica verosimilitud.
Mientras la muchacha contemplaba la extraña pintura, sus labios temblaron y los ojos empezaron a chispearle. Poco a poco su faz fue adquiriendo una curiosa semejanza con la de la princesa. En la pintura, descubrió su yo secreto.
- Tus propios sentimiento están revelados aquí - le dijo Seikichi, complacido, mientras la miraba al rostro.
- ¿Por qué me muestras una cosa tan horrible? - preguntó la muchacha, mirándole. Se había puesto pálida.
- La mujer eres tú. Su sangre corre por tus venas. Después, extendió el otro kakemono.
Era éste una pintura titulada "Las Víctimas". En medio de ella, una joven estaba en pie apoyada al tronco de un cerezo: gozaba contemplando un montón de cadáveres de hombres que yacían a sus pies. Unos pajarillos trinaban sobre ella, cantando triunfalmente; sus ojos irradiaban orgullo y gozo. ¿Era un campo de batalla o un jardín de primavera? En este cuadro, la muchacha sintió haber encontrado algo escondido durante mucho tiempo en las tinieblas de su propio corazón.
- Esta pintura muestra tu futuro - dijo Seikichi, apuntando a la mujer que había bajo el cerezo: la propia imagen de la muchacha -. Todos estos hombres arruinarán sus vidas por ti.
- Por favor, ¡te suplico que te lleves esto! - Se volvió de espaldas como para escapar a su tantálico hechizo y, temblando, se postró ante él. Finalmente, continuó diciendo: - Sí, admito que no te equivocas conmigo: yo soy como esa mujer
Así que, llévate eso, por favor.
- No hables como una cobarde - le dijo Seikichi, con sonrisa maliciosa -. Míralo más cerca. No durarán mucho tus escrúpulos.
Pero la muchacha se negaba a levantar la cabeza. Todavía postrada, con el rostro entre las mangas, repetía una y otra vez que estaba asustada y quería marcharse.
- No, tienes que quedarte: quiero convertirte en una verdadera belleza - le dijo, acercándose a ella. Llevaba bajo el kimono un frasquito de anestésico que había conseguido algún tiempo antes de un médico holandés.
El sol de la mañana brillaba sobre el río, enjoyando el estudio de ocho alfombras con su ardiente luz. Los rayos reflejados por el agua dibujaban temblorosas olas doradas sobre las mamparas corredizas de papel y sobre el rostro de la muchacha, que estaba profundamente dormida. Seikichi había cerrado las puertas y sacado sus instrumentos de tatuaje, pero durante un rato se limitó a sentarse, arrobado, saboreando hasta la saciedad su misteriosa belleza. Pensaba que jamás se cansaría de contemplar su sereno rostro semejante a una máscara. Precisamente como los antiguos egipcios habían embellecido sus magníficos campos con pirámides y esfinges, iba él a embellecer la impoluta piel de la muchacha.
En este momento, levantó el pincel que apretaba entre el pulgar y los dos dedos siguientes de la mano izquierda, aplicó su extremo en la espalda de la muchacha y, con la aguja que llevaba en la mano derecha, empezó a grabar un dibujo. Sintió que su propio espíritu se disolvía en la tinta negra de polvo de carbón con que le manchaba la piel. Cada gota de cinabrio Ryukyu con que iba mezclando el alcohol y atravesándola era una gota de su propia sangre. Veía en sus pigmentos los matices de sus propias pasiones.
Pronto llegó la tarde y, luego, el tranquilo día primaveral avanzó hacia su fin. Pero Seikichi no se detuvo en su trabajo, ni se interrumpió el sueño de la muchacha. Cuando un criado llegó de casa de la gheisa preguntando por ella, Seikichi lo despachó diciéndole que hacía tiempo que se había ido. Y horas más tarde, cuando la luna colgaba sobre la mansión del otro lado del río, bañando las casas de la orilla en una luz de ensueño, el tatuaje no estaba ni a medio hacer. Seikichi trabajaba a la luz de una vela.
Ni siquiera introducir una gota de colorante era un trabajo fácil. A cada pinchazo de la aguja, Seikichi daba un profundo suspiro y sentía como si se hubiese atravesado su propio corazón. Poco a poco, las marcas del tatuaje empezaron a adquirir la forma de una gigantesca araña hembra; y cuando el cielo nocturno empalidecía con la luz del alba, esta horripilante y malévola criatura había estirado sus ocho patas para abrazar por completo la espalda de la muchacha.
A plena luz del alba primaveral, las barcas habían empezado a bogar por el río, de arriba abajo, con los remos restallando en la quieta mañana; los tejados brillaban al sol y la neblina comenzaba a adelgazar sobre las blancas velas que se hinchaban con la brisa mañanera. Por fin, Seikichi dejó el pincel y contempló la araña tatuada. Esta obra de arte había sido el supremo esfuerzo de su vida. Ahora, cuando la hubo acabado, su corazón estaba atravesado de emoción.
Las dos figuras permanecieron quietas durante algún tiempo. Luego, las paredes de la habitación devolvieron el eco tembloroso de la voz baja y bronca de Seikichi:
- Para hacerte verdaderamente hermosa he vertido mi espíritu en este tatuaje. No existe hoy una mujer en el Japón que se pueda compara contigo. Tus viejos temores han desaparecido. Todos los hombres serán tus víctimas.
Como respuesta a estas palabras, un débil gemido escapó de los labios de la muchacha. Lentamente, empezó a recobrar los sentidos. A cada estremecida inspiración, las patas de la araña se agitaban como si estuviera viva.
- Tienes que sufrir. La araña te tiene entre sus garras.
Como respuesta, abrió ella los ojos levemente, con una mirada vacía.. La mirada se le fue avivando progresivamente, como la luna va encendiéndose por la tarde, hasta lucir esplendorosamente en su faz.
- Déjame ver el tatuaje - dijo, hablando como en sueños, pero con un dejo de autoridad en la voz -. Al darme tu espíritu, has tenido que hacerme muy bella.
- Antes tienes que bañarte para que aparezcan los colores - susurró Seikichi compasivamente -. Me temo que va a dolerte, pero se valiente otro poco.
- Puedo soportar cualquier cosa por la belleza.
A pesar del dolor que le recorría el cuerpo, sonrió.
- ¡Cómo pica el agua!
Déjame sola ¡espera en la otra habitación! No me gusta que un hombre me vea sufrir así.
Al salir de la tina, demasiado débil para poder secarse, la muchacha echó a un lado la compasiva mano que Seikichi le ofrecía y se dejo caer al suelo en una agonía, quejándose como presa de una pesadilla. El despeinado cabello le colgaba sobre el rostro en salvaje maraña. Las blancas plantas de sus pies se reflejaban en el espejo que había detrás de ella.
Seikichi estaba asombrado del cambio que había sobrevenido a la tímida y sumisa muchacha del día anterior, pero hizo lo que le había dicho y se fue a esperar en el estudio. Alrededor de una hora después volvió, cuidadosamente vestida, con el empapado y alisado cabello cayéndole por los hombros. Apoyándose en la barandilla del balcón, miró al cielo levemente brumoso. Le brillaban los ojos; no había en ellos ni una huella de dolor.
- Me gustaría ofrecerte también estas pinturas - dijo Seikichi, colocando ante ella los kakemonos -. Cógelas y vete.
- ¡Todos mis antiguos temores se han desvanecido y tú eres mi primera víctima! - Le lanzó una mirada tan brillante como una espada. Una canción de triunfo sonaba en sus oídos.
- Déjame ver de nuevo tu tatuaje - suplicó Seikichi.
Silenciosamente, la muchacha asintió y dejó resbalar el kimono de sus hombros. Precisamente entonces su espalda, esplendorosamente tatuada, recibió un rayo de sol y la araña se coronó en llamas.
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