CHARLES BAUDELAIRE

CHARLES BAUDELAIRE

por Crypt Vihâra


Charles Baudelaire

Charles Baudelaire, poeta y crítico francés, nace en París el 9 de abril de 1821. Toda su infancia y adolescencia fueron para él una desgracia: su padre murió cuando tenía sólo seis años y su madre volvió a casarse. Jamás se lo perdonaría. Decidido a poner freno a su incipiente carrera literaria, su padrastro lo enviara a la India en 1841, pero abandonó el barco y regresó a París en 1842, más dispuesto que nunca a dedicarse a la literatura.


En 1842 alcanzó la mayoría de edad y heredó la fortuna de su padre, lo que le permitió irse de casa y disfrutar de una vida de lujo. Las grandes sumas de dinero que gastó en su apartamento del Hôtel Lauzun y su estilo de vida decadente le dieron fama de excéntrico, e inmoral y le hicieron endeudarse para el resto de su vida. Durante este periodo de libertad y ocio, Baudelaire fue, sin embargo, enormemente creativo.


Para solventar sus problemas económicos, comenzó a trabajar como crítico en diversos periódicos. Sus primeras publicaciones, Los salones (1845-1846), son un par de estudios sobre el arte en los que examina con inteligencia las pinturas y dibujos de artistas como Honoré Daumier, Édouard Manet y Eugène Delacroix. Su primer éxito llega en 1848, cuando aparecieron sus traducciones del escritor estadounidense Edgar Allan Poe. Animado por los resultados, e inspirado por el entusiasmo que en él suscitó la obra de Poe, continuaría traduciendo sus relatos hasta 1857.


Charles Baudelaire toma de Gautier y de los parnasianos algunas actitudes y principios estéticos, que repensados por él alcanzarán una profundidad mucho mayor. Por supuesto, también él menosprecia el arte utilitario, las expansiones lacrimógenas, el progreso burgués y la dejadez en poesía.


La principal obra de Baudeleaire, lleva por título "Les fleurs du mal" ("Las flores del mal" / 1857). Inmediatamente a su publicación, el gobierno francés acusó a Baudelaire de atentar contra la moral pública. A pesar de que la élite literaria francesa salió en defensa del poeta, le fue impuesta una grave multa y seis de los poemas desaparecieron en las ediciones posteriores. La reacción de Baudelaire fue, por lo menos, proporcionada al ataque sufrido: "Todos los imbéciles de la burguesía que pronuncian las palabras inmoral, inmoralidad, moralidad en el arte y demás tonterías me recuerdan a Lousi Villedieu, una puta de a cinco francos, que una vez que me acompañó al Louvre, donde ella no había estado nunca, empezó a sonrojarse y a taparse la cara, y tirándome a cada momento de la manga me preguntaba ante las estatuas y los cuadros inmortales cómo podían exhibirse públicamente semejantes indecencias". La censura no se levantó hasta 1949.


Su siguiente obra, "Les paradis artificiels" ("Los paraísos artificiales" / 1860) , es un estudio autoanalítico basado en sus propias experiencias e inspirada en las "Confesiones de un comedor de opio inglés", del escritor británico Thomas de Quincey. Otras de sus obras destacadas son: "Petits poëmes en prose o le spleen de Paris" ("Pequeños poemas en prosa"), "Cohetes" (diario), y "Mi corazón al desnudo" (diario). Todas ellas publicadas tras su muerte.


Baudelaire hizo suyos algunos de los postulados de los poetas del "Arte por el Arte", y la estética romántica: rigor métrico y estilístico, contención sentimental, mayor atención a los valores musicales del poema. Sin embargo, en sus escritos teóricos, Baudelaire prefirió hablar de "Belleza" que de "Arte". La divergencia es significativa ya que señala la orientación que seguirían los simbolistas posteriores, y con ellos toda la poesía moderna. La diferencia entre el "Arte" y la "Belleza" según Baudelaire, es la que hay entre una causa y su efecto. Baudelaire se interesó tanto por el efecto producido como por los medios adecuados para alcanzarlo, de hecho, la concepción de la Belleza como un efecto se encuentra literalmente formulada en "The Philosophy of Composition" de Edgar Allan Poe, que Baudelaire tradujo en 1859: "cuando los hombres hablan de belleza, no entienden una cualidad, como suponen, sino un efecto; se refieren, en suma, a esa intensa y pura elevación del alma (no del intelecto o del corazón) sobre la cual ya he hablado, y que se experimente como resultado de la contemplación de lo bello".


Autoretrato de BaudelairePoe, como Baudelaire y sus seguidores, conciben la poesía como un mecanismo mágico que permite el acceso a la belleza, a la contemplación de lo bello. Este planteamiento a simple vista no es muy distinto del que formularon los primeros románticos alemanes (poco conocidos en la Francia de Baudelaire). Pero en realidad hay diferencias importantes: para los románticos, el paisaje poético que permite al alma elevarse hacia lo "Absoluto", hacia la belleza, era esencialmente la naturaleza, una naturaleza romántica: los lagos alpinos, las cumbres formidables, los bosques; o bien el paisaje y la mitología clásicos: cipreses y mirtos, héroes y dioses, símbolos de la armonía perdida, de una comunicación con la "Totalidad".


Baudelaire en cambio, reclamó el advenimiento de una poesía para la vida moderna, del artista moderno (al que a menudo llama artista romántico). El paisaje mítico de esta poesía moderna no puede ser sino la ciudad, la gran urbe del XIX con sus masas anónimas, sus avenidas brillantes de niebla, sus farolas coronadas de un nimbo de bruma, sus placeres prohibidos, su miseria. Es el París del Segundo Imperio, atravesado por los amplios bulevares del Barón de Haussmann, que hacen más agradables los paseos y más fácil la intervención de las fuerzas del orden en caso de revuelta. Balzac ya había hablado de la prosa que encerraba la fascinante ciudad: las ambiciones, los ascensos fulgurantes y las caídas trágicas, las fortunas, los fracasos, los amores venales y las pasiones abnegadas, las innumerables intrigas.


Baudelaire inventó la poesía de París, ante todo, porque amaba la ciudad. Para Baudelaire: "la poesía está en la ciudad, en la hormigueante urbe, ciudad llena de sueños, en las mendigas que dejan asomar formas deliciosas entre sus andrajos, en las misteriosas ventanas iluminadas que vemos desde la acera, en las mujeres hermosas que se cruzan en nuestro camino y que nos hielan el alma ante la idea de que jamas volveremos a verlas".


Hay un aspecto en su poesía y de su pensamiento estético que influyo de manera fundamental e incluso excesiva en las generaciones siguientes: las correspondencias (eje fundamental del ideario simbolista). La idea de que el mundo sensible, la naturaleza, es un sistema de símbolos que evoca realidades ocultas e inaccesibles de otro modo, fue formulada mucho antes, en escritores tan dispares como Montaigne, Diderot o Chateubriand. Pero la doctrina de las correspondencias en sentido estricto, como creencia firme y seria, parece proceder del místico y teósofo sueco Emmanuel Swedemborg (1688-1772), que ejerció una intensa y bastante curiosa influencia en los poetas y novelistas del siglo XIX (Emerson, Edgar Allan Poe, Victor Hugo, Balzac).

Dice Swedemborg en "Cielo e Infierno": "La Palabra fue escrita con puras correspondencias como medio de unión entre el cielo y el hombre [...] Si el hombre conoce las correspondencias entenderá la Palabra en su sentido espiritual y alcanzara el conocimiento de verdades ocultas de las que no descubre nada por el sentido de la letra. Porque en la Palabra hay un sentido literal y otro espiritual. El sentido literal insiste en las cosas tal como están en el mundo, mientras que el sentido espiritual insiste en ellas tal como están en el cielo; y como la unión del cielo con el mundo se realiza mediante correspondencias, nos fue dada una Palabra en que todas las cosas, hasta el mínimo detalle, tienen su correspondencia".

Lo menos que se puede decir es que no resulta muy original; si nos quedamos en lo de los dos sentidos, literal y espiritual, de la Palabra, no estamos muy lejos de la exégesis bíblica más tradicional. Pero en realidad, en la noción de correspondencia tal como aparece en Baudelaire y los simbolistas apenas hay de Swedemborg más que la nomenclatura.

Charles BaudelaireA diferencia de sus seguidores de la escuela simbolista, a Baudelaire le interesan más las relaciones misteriosas entre los diversos ordenes de percepción que no el desciframiento místico de los símbolos de la naturaleza. Ello es así, porque en el universo de Baudelaire los sentidos, reforzados por estos ecos recíprocos, tienen una importancia capital. Ellos son los encargados de provocar en esta vida, el éxtasis, que es la única manera de escapar al terrible hastío, el estado de abatimiento moral que aguarda fatalmente en este mundo a los espíritus privilegiados, a los selectos, a los artistas. El éxtasis baudelairiano no es desde luego unión con Dios, con ningún dios, sino mas bien separación, disgregación, enajenación (dépaysement). No hay que verlo como una concentración del espíritu hacia algo, sino como su ensanchamiento, como un dejarse fluir hacia la animalidad o la mineralidad.

Para Baudelaire solo hay un ser que reúne las sugestiones de todos los sentidos, que puede potenciar todas las sensaciones, y lograr que se mezclen y se respondan; un estimulo para el éxtasis más potente y eficaz que todas las drogas: la mujer. En lo físico, la mujer baudelairiana es una mujer morena, a veces mulata, de piel olorosa y muy importante de cabellera abundante, espesa y aromática. En lo moral, tiende a la indolencia, a la perversidad o a la tontería. Al igual que la mujer imaginada por los petrarquistas, la mujer en Baudelaire es un ser intermediario, solo que en este ultimo el sentido de la tensión espiritual se invierte, y el amor o la volupté en vez de proyectar al amante hacia arriba, hacia la pureza del cielo platónico, le permite descender hasta el gouffre, el abismo innombrable y delicioso. Baudelaire inventa y adora un tipo de mujer muy alejado de todo el repertorio de figuras femeninas que había trazado la poesía europea, desde la midons trovadoresca hasta la múltiples variante de la donna angelicata stilnovista.


Para Baudelaire la voluptuosidad única y suprema reside en la certeza de hacer el mal. El hombre y la mujer saben de nacimiento que en el mal se halla toda la voluptuosidad. Y aunque es innegable la filiación sádica del amor baudelairiano, hay que entender la expresión "hacer el mal" en su sentido más metafísico. Para Baudelaire el placer del amor es más intenso y sobre todo más rico, más útil poéticamente si va acompañado de sentimientos que ahora llamaríamos sentimientos de culpa, conciencia de transgresión. Así, el poeta evoca aquella noche de melancolía y caridad, voluptuosidad saturada de dolor y de remordimiento. La terminología libertina y la cristiana se mezclan en una tonalidad moral que tiene algo de ingenuo, lejos de cualquier voluntad de escandalo. Es el tono moral que encontraremos mas tarde en Verlaine, Rimbaud, en el mismo Proust. Es como si los valores morales del cristianismo, después de haber perdido su sanción divina, recuperaran algo de su validez en forma de valores estéticos.


A partir de 1864 y hasta 1866, Baudelaire vivió en Bélgica. En 1867, aquejado de parálisis, regresó a París, donde tras una larga agonía murió el 31 de agosto. Considerado hoy como uno de los mayores poetas de la literatura francesa, Baudelaire escribió algunos de los poemas más bellos e incisivos de la literatura francesa. Su originalidad, que causaba tanto asombro como malestar, le hace merecedor de un lugar al margen de las escuelas literarias dominantes en su época.

Firma de Baudelaire




Fragmentos de "Les fleurs du mal" ("Las flores del mal" / 1857):

  1. SED NON SATIATA

  2. DE PROFUNDIS CLAMAVI

  3. EL VAMPIRO

  4. REMORDIMIENTO POSTUMO

  5. EL APARECIDO

  6. SEPULTURA

  7. UN GRABADO FANTASTICO

  8. EL ESQUELETO LABRADOR

  9. DANZA MACABRA

  10. LAS DOS HERMANAS

  11. EL AMOR Y EL CRANEO

  12. LAS LETANIAS DE SATAN

  13. LA METAMORFOSIS DEL VAMPIRO



SED NON SATIATA

Diosa extraña, morena, del color de las noches,
al mezclado perfume del almizcle y de habano,
obra de obis que son Faustos de la sabana,
bruja de ébano, engendro de las noches más negras,
yo prefiero al constance, como al opio y al nuits
el licor de tu boca donde triunfa el amor;

Hacia ti en caravana mis deseos caminan
y mi tedio en tus ojos bebe como en cisterna.
Por tus ojos negros, tragaluces del alma,
oh demonio implacable, no me arrojes más fuego,
yo la Estigia no soy, nueve veces no abrazo,
ay de mí, y no podría libertina Megera,
para hacerte más dócil, que te des por vencida,
ser por ti Proserpina en tu lecho infernal.




DE PROFUNDIS CLAMAVI

Yo te imploro piedad, a ti, mi única amada,
en mi abismo de sombra donde está el corazón.

Es un triste universo de horizonte plomizo
donde vivo en mi noche con horror y blasfemia;
Un sol tibio en la altura luce allí por seis meses,
y los otros seis meses es de noche en la tierra;

Es país más desnudo que las tierras polares;
¡ni animales, ni arroyos, ni verdura, ni bosques!
No hay horror en el mundo que supere la fría
crueldad de ese sol que esta hecho de hielo,
de esa noche sin fin como el Caos antiguo;

Y así envidio la suerte de las bestias más viles
que se pueden sumir en letargos, en tanto
se devana lentisima la madeja del tiempo.




EL VAMPIRO

Tú que en mi corazón doliente entraste
como una cuchillada, tú que has sido
la que ha venido a mí como un tropel
de demonios, engalanada y loca,
para hacer de mi espíritu humillado
yu lecho y tu dominio; tú, la infame,
a cuyo cuerpo estoy siempre sujeto
como el forzado atado a la cadena,
como al azar el jugador tenaz,
igual que está el borracho a la botella,
igual que a la carroña los gusanos,
¡oh, maldita mil veces, sé maldita!
he suplicado a la veloz espada
que quiera hacerme libre nuevamente,
y al pérfido veneno le he pedido
que acudiera en ayuda de un cobarde.

Pero, ¡ay!, ambos, la espalda y el veneno
me han dado una respuesta desdeñosa:

"No eres digno de ser emancipado
de tu maldita esclavitud ¡Imbécil!
Si acaso de su imperio nuestro esfuerzo
pudiese liberarte, bastarían
tus besos para hacer que reviviera
el cadáver aquél de tu vampiro".

Cierta noche, abrazando a una horrible judía,
como junto a un cadáver un cadáver tendido,
pensé al verme tan cerca de aquel cuerpo venal
en su triste belleza que ha acallado el deseo.

La veía en mis sueños como fue, majestuosa,
la mirada segura e investida de gracias,
los cabellos formando como un casco oloroso,
y con ese recuerdo se reaviva mi amor;
con fervor te besara ese cuerpo tan noble,
desde el pie de muchacha a tus trenzas tan negras,
liberando un tesoro de profundas caricias,
si una noche, con lágrimas que brotasen sin pena,
solamente pudieras, oh tú reina de crueles,
empañar el fulgor de tus frías pupilas.




REMORDIMIENTO POSTUMO

Cuando duermas al fin, mi beldad tenebrosa,
dentro de un gran sepulcro, bajo mármoles negros,
cuando ya solo tengas por alcoba y mansión
un lluvioso panteón y una fosa en la tierra;
cuando impida la piedra sobre el pecho medroso
y sobre esas caderas de una blanda indolencia,
el latir y el amar que hay en tu corazón,
y a tus pies que prosigan su azarosa carrera,
confidente la tumba de mi sueño infinito
porque siempre la tumba va a entender al poeta,
en las noches tan largas en que el sueño está ausente,
te dirá: "¿De qué sirve, cortesana imperfecta,
el haber ignorado lo que lloran los muertos?"
Y el gusano roerá tu nostálgica piel.




EL APARECIDO

Igual que un ángel de mirada fiera
hasta tu alcoba un día he de volver
y hacia ti deslizarme quedamente
envuelto entre las sombras de la noche.

Entonces te daré, morena mía,
besos que tengan gelidez de luna,
y te acariciaré como se arrastran
en torno de una fosa las serpientes.

Cuando llegue la aurora palidísima,
donde yo estuve sólo habrá vacío,
será el lugar del frío hasta la noche.

Otros querrán vencer por la ternura,
yo no, sobre tu juventud y tu vida
me propongo reinar por el terror.




SEPULTURA  

Si una noche sombría y espesada
un cristiano movido a caridad
junto a unas viejas ruinas, entre escombros,
entierra un día tu elogiado cuerpo,
cuando ya las castísimas estrellas
cierren por fin los soñolientos ojos,
allí sus telas tejerá la araña
y a sus crías verá nacer la víbora;

durante todo el año vas a oír
muy cerca de tu rostro condenado
el aullido espantable de los lobos,
las famélicas voces de las brujas,
los jadeos de algún anciano lúbrico
y de ruines ladrones las intrigas.




UN GRABADO FANTÁSTICO

Este espectro no luce más que un solo atavío
cual grotesco tocado de su atroz calavera,
una horrible diadema, como de un carnaval.
sin espuelas ni látigo, monta en otro fantasma
como el mismo, rocín en verdad apocalíptico,
cuyas fauces babean epilépticamente.

A través del espacio ambos van pisoteando
la infinita pradera con sus cascos audaces.

El jinete amenaza con un sable de llamas
a las turbas sin nombre que machaca el caballo,
recorriendo, cual príncipe que visita su reino,
el osario sin fin ni horizonte, glacial,
donde yacen, debajo de un sol pálido y triste,
los que hicieron la historia del ayer y del hoy.




EL ESQUELETO LABRADOR

En grabados de asuntos anatómicos
que abundan en los muelles polvorientos,
donde encontramos libros cadavéricos
durmiendo igual que las antiguas momias,
dibujos concienzudos a los cuales
todo el saber de algún antiguo artista,
a pesar de que el tema es tan macabro,
supo comunicar una belleza,
se ve, y es una escena que completa
esos horrores llenos de misterio,
cavando como lo hace un labrador
a desollados vivos y a esqueletos.

De la tierra que estáis azadonando,
oh fúnebres braceros resignados,
apelando al esfuerzo de las vértebras
o de vuestros despellejados músculos,
decid, ¿cuál es la singular cosecha,
forzados arrancados a la huesa,
y quien es el granjero fantasmal
cuyos trojes llenáis tan afanosos?

¿Os proponéis (¡horrible y claro símbolo
de un destino de máxima dureza!)
demostrarnos que aun en la otra vida
el sueño prometido no es seguro?

¿Qué hasta la Nada llega a traicionarnos?
¿Qué todo, hasta la Muerte, está mintiendo,
y que de una manera sempiterna,
quizás se nos obligue, ¡ay de nosotros!,
en un país que aun desconocemos
a cavar unas tierras más rebeldes
y a empujar una azada pesadisima
con nuestro pie desnudo ensangrentado?




DANZA MACABRA

Como un vivo orgullosa de su noble estatura,
con su gran ramillete, su pañuelo y sus guantes,
desenvuelta, indolente, tiene todo el aspecto
de una flaca coqueta que presume de excéntrica.

¿Es que ha habido en el baile tan esbelta cintura?
su vestido excesivo, de amplitud soberana,
se derrama abundante sobre pies descarnados
con zapatos de gala, bellos como una flor.
los encajes se fruncen ocultando clavículas
como arroyo lascivo que se arrima al roquedo,
y así, púdicos, velan de ridículas chanzas
los encantos ya fúnebres que prefiere ocultar.
son sus ojos hundidos de vacío y tinieblas,
y su cráneo, adornado con las más bellas flores,
blandamente se mece sobre frágiles vértebras,
¡oh, atracción de la nada con adornos grotescos!
siempre habrá quien te llame adefesio, los ebrios
de gozar toda carne, y que nunca comprenden
la elegancia sin nombre del humano armazón.

¡Oh, esqueleto, me agradas más que nada en el mundo!
¿Has venido a turbar con tu mueca espantosa
nuestra fiesta de Vida? ¿O algún viejo deseo
puede aún espolear tu viviente osamenta,
para hacerte acudir a un placer de aquelarre?
Entre el son de violines y entre llamas de velas,
¿crees poder olvidar pesadillas burlonas?
¿O confías pedir a un torrente de orgías
que refresque el infierno que arde en tu corazón?
Eres pozo insondable de pecados y errores,
del antiguo dolor alambique sin fin.

Veo aún la serpiente insaciable que vaga
por al reja que forman tus curvadas costillas.

Aunque temo, coqueta, para serte sincero,
que no obtengas el fruto de tan grandes esfuerzos.

¿Hay acaso un mortal que aún entienda la burla?
El horror sólo atrae y arrebata a los fuertes.

Pero, ¿quién no abrazó algún día a esqueletos,
quién jamás no probó sepulcrales manjares?
¿Y que importa el perfume, el tocado o la ropa?
Sólo por presumir alguien hace remilgos.

Bayadera muy roma, ¡oh ramera triunfal,
grita a quienes desdeñan el bailar en tus brazos:

"Currutacos altivos, aunque uséis tanto afeite,
oléis todos a muerte. Esqueletos fragantes,
Antinoos marchitos, palidisimos dandys,
oh pulidos cadáveres, lovelaces canosos,
el vaivén general de la danza macabra
os arrastra a lugares ignorados por todos.

Desde el frígido Sena hasta el Ganges ardiente,
el rebaño mortal va brincando, sin ver
en un hueco del trecho la trompeta del Ángel
que amenaza siniestra como un negro trabuco.

Bajo todos los cielos te contempla la Muerte
hacer mil contorsiones, hombre siempre risible,
y a menudo, imitándote, se perfume la mirra,
y así mezcla su burla con tu propia locura".




LAS DOS HERMANAS

La lujuria y la muerte son dos buenas muchachas
que prodigan los besos y rebosan salud,
cuyo vientre que envuelven los harapos, es virgen
y en eternas fatigas no ha parido jamás.

Al poeta siniestro que odia a toda familia,
a quien mima el infierno, cortesano sin paga,
lupanares y tumbas dejan ver bajo frondas
la yacija en que nunca durmió un cuerpo contrito.

Ataúdes y alcobas en blasfemias tan fértiles
como buenas hermanas nos darán a elegir
espantosos placeres y deleites horribles.

¿Cuándo vas a enterrarme, oh tú, inmunda lujuria?
Muerte, ¿cuándo vendrás, su rival en encantos,
en sus mirtos infectos a injertar tus cipreses?




EL AMOR Y EL CRANEO

Amor sentado está en el cráneo
de la Humanidad,
y en ese trono sin respeto
ríe el insolente,
sopla burlón y hace burbujas
que en el aire suben,
como buscando nuevos mundos
al fondo del éter.

El globo frágil y brillante
toma más impulso,
revienta y cae su alma endeble
como un sueño de oro.

Oigo que el cráneo gime y ruega
a cada burbuja:
"Ese feroz juego ridículo,
¿cuándo va a acabar?
porque tu boca cruel esparce,
¡oh monstruo asesino,
sábelo bien, este cerebro,
mi sangre y mi carne!".




LAS LETANIAS DE SATAN

¡Oh, el más sabio y más bello de los ángeles todos,
Dios privado de suerte a quien nadie bendice,
oh Satán, ten piedad de mi larga desdicha!
¡Yo te llamo el gran Príncipe del destierro, agraviado
y que cuando es vencido, vuelve a erguirse más fuerte,
oh Satán, ten piedad de mi larga desdicha!
¡Tú que todo lo sabes, rey del mundo abismal,
curandero perenne de congojas humanas,
oh Satán, ten piedad de mi larga desdicha!
¡Tú que incluso al leproso, a los parias malditos,
a través del amor haces ver el Edén,
oh Satán, ten piedad de mi larga desdicha!
¡Tú que amando a la Muerte, vieja y recia querida,
la Esperanza engendraste... esa espléndida loca.
Oh Satán ten piedad de mi larga desdicha!
¡Tu que das al proscrito esa altiva mirada
que condena a las gentes ante todo cadalso,
oh Satán ten piedad de mi larga desdicha!
¡Tú que sabes en donde, en qué tierra envidiosa,
ocultó un Dios celosos, los tesoros del mundo,
oh Satán ten piedad de mi larga desdicha!
¡Tú que vez con tus ojos el profundo escondrijo
donde duerme enterrado el metal que buscamos,
oh Satán ten piedad de mi larga desdicha!
¡Tú que ocultas abismos con tu anchísima mano
al sonámbulo errante de las altas cornisas,
oh Satán ten piedad de mi larga desdicha!
¡Tú que mágicamente haces blandos los huesos
del borracho inseguro al que arrolla un caballo,
oh Satán ten piedad de mi larga desdicha!
¡Tú que das el consuelo al que es débil y sufre
enseñando a mezclar con azufre el salitre,
oh Satán ten piedad de mi larga desdicha!
¡Tú que dejas tu signo, sutilísimo cómplice,
en la frente del Creso implacable y ruin,
oh Satán, ten piedad de mi larga desdicha!
¡Tú que inspiras en pechos de rameras el culto
de la llaga sangrante y el amor al andrajo,
oh Satán, ten piedad de mi larga desdicha!
¡Oh bastón de exiliados y candil de inventores,
confesor del ahorcado y de aquel que conspira,
oh Satán, ten piedad de mi larga desdicha!
¡Tú que adoptas por hijos al objeto de cólera
que Dios Padre expulso del Jardín del Edén,
oh Satán, ten piedad de mi larga desdicha!

Gloria a ti y alabanzas, Satanás, en la altura
donde antaño reinaste, y en las simas más hondas
del infierno, en que sueñas, en silencio y vencido.

Haz que mi alma, a la sombra de aquel Árbol de la Ciencia,
a tu lado repose, cuando sobre tu frente
como un Templo novísimo sus ramajes se extiendan.




LA METAMORFOSIS DEL VAMPIRO

La mujer, entretanto, con su boca de fresa,
retorciéndose igual que una sierpe en el fuego,
embutiendo sus pechos en el férreo corsé,
derrama palabras impregnadas de almizcle:

"Tengo labios muy húmedos y conozco la ciencia
de perder en un lecho la conciencia de siempre.
Seco todas las lagrimas con mis pechos triunfantes
y a los viejos arranco risas como de niños.
¡Para quien pueda verme sin mis velos, desnuda,
soy la luna y el sol, las estrellas y el cielo!
Soy, oh amado doctísimo, tan experta en placeres
cuando enlazo a los hombres con mis brazos temidos,
o al dejar que mi pecho se abandone a sus dientes,
libertina y medrosa, tan robusta y muy frágil,
que sobre este colchón que arrebatan pasiones,
impotentes los ángeles por mí pueden perderse".

Cuando ya hubo sorbido de mis huesos la medula,
cuando lánguidamente se acercaba de nuevo
para un beso de amor, vi tan solo a mi lado
un pellejo viscoso rebosante de pus.

Cerré entonces los ojos con espanto glacial,
y al abrirlos de nuevo a la luz de la vida,
a mi lado, en lugar de aquel recio pelele
que se había nutrido de mi sangre, temblaban
con un ruido confuso restos de un esqueleto,
con los agrios chirridos de veleta o de muestra
de una tienda, colgada de una vara de hierro
y que el viento sacude en las noches de invierno.